Sueño de una noche de verano
Sueño de una noche de verano OBERÓN.—Pues entonces remédialos, que de ti sola depende. ¿Por qué se empeñarÃa Titania en contradecir a su Oberón? Todo lo que pido no es más que un tierno rapazuelo para que me sirva de paje.
TITANIA.—Deja tu corazón en paz, que todo el reino de las hadas no bastarÃa para comprarme ese niño. Su madre era una sacerdotisa de mi orden, y por la noche, en el aire embalsamado de la India, habló conmigo muchas veces y se sentó a mi lado en las amarillas arenas de Neptuno, señalando las veleras naves sobre las olas. Nos reÃamos al ver las velas hincharse como si hubieran concebido bajo el caprichoso viento, y ella con agraciada ondulación las imitaba, al peso de su seno que ya atesoraba a mi joven caballero, y emprendÃa viajes para traerme bagatelas, y volvÃa aun, como de larga navegación, rica de mercancÃas. Pero, a fuer de mortal, sucumbió al dar a luz al niño, y yo, en amorosa memoria de ella, lo crie, y en memoria de ella no me separé de él.
OBERÓN.—¿Cuánto tiempo pensáis permanecer en este bosque?
TITANIA.—Quizá hasta después del dÃa de las bodas de Teseo. Si queréis pacientemente tomar parte en nuestra danza y ver nuestros juegos en la claridad de la luna, venid con nosotros. Si no, alejaos de mà y yo evitaré los lugares que frecuentáis.
OBERÓN.—Dame a ese chiquillo y yo iré contigo.