Sueño de una noche de verano
Sueño de una noche de verano LISANDRO.—No ve a Hermia. ¡Oh tú, Hermia, duerme allà y jamás vuelvas a acercarte a Lisandro! Pues asà como el exceso de golosinas trae al estómago la mayor náusea y fatiga; o como las herejÃas que los hombres abandonan, por nadie son tan odiadas como por los que sufrieron su engaño; asà tú, exceso y herejÃa mÃa, sé odiada más que todo, y aún más por mà que por otro alguno. Y que todas mis facultades consagren su poder y su amor a honrar a Elena y a ser su caballero.
(Sale LISANDRO).
HERMIA.—(Levantándose.) ¡Socorro, Lisandro, socorro! ¡Haz cuanto puedas para arrancar esta serpiente que se arrastra sobre mi pecho! ¡Oh, por piedad! ¡Qué pesadilla he tenido! ¡Mira, Lisandro, cómo todavÃa tiemblo de pavor! Soñé que una serpiente me devoraba el corazón, y que tú, sentado, te reÃas de su cruel voracidad. ¡Lisandro! ¡Qué! ¡No está aquÃ! Lisandro, ¡oh, Dios! ¿Ido? ¿Ni al alcance de la voz? ¿Ido? ¿Sin una palabra, sin un signo? ¡Habla, amor de los amores! Habla si me escuchas. ¿No? Pues ya veo bien que estás lejos; fuerza será correr a ti, o a la muerte.
(Sale HERMIA).