Sueño de una noche de verano
Sueño de una noche de verano LISANDRO.—¿Contento con Hermia? ¡No! Me arrepiento de los fastidiosos instantes que he pasado con ella. No a Hermia, a Elena es a quien amo. ¿Quién no cambiarÃa un cuervo por una paloma? La voluntad del hombre es guiada por la razón, y la razón me dice que sois más digna doncella que Hermia. Nada puede madurar antes de su estación, y yo, siendo tan joven, no he podido madurar a la razón sino desde este momento; someto ahora mi voluntad a mi razón, y ésta me guÃa hacia vos. Leo en vuestros ojos amorosas historias como escritas en el más rico libro del amor.
ELENA.—¡Ah! ¿Y he nacido para sufrir tan cruel mofa? ¿Cuándo he podido merecer que me despreciéis de este modo? ¿No basta, ¡oh joven!, no basta que yo jamás haya alcanzado, no, ni siquiera pueda alcanzar una mirada afectuosa de Demetrio, sino que ademas habéis de escarnecer mi insuficiencia? En verdad me hacéis agravio; a fe que me lo hacéis en cortejarme de tan desdeñosa manera. Pero adiós. Debo confesar que os creÃa dotado de más verdadera gentileza. ¡Dios mÃo! ¡Que una mujer, por ser rechazada por un hombre, tenga que ser insultada por otro!
(Sale ELENA).