Sueño de una noche de verano

Sueño de una noche de verano

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ELENA.—¡Ah! ¡Estoy sin aliento por esta caza de afecto! Cuanto más ardiente mi súplica, menos merced alcanza. Dichosa Hermia, dondequiera que se halle, porque tiene ojos bendecidos y seductores. ¿Qué es lo que les da tanto brillo? No las acerbas lágrimas, que de ser así, mis ojos, que han llorado más, estarían más brillantes que los suyos. No, no. Soy fea como un oso, porque las fieras que me encuentran huyen amedrentadas. No es maravilla que Demetrio, como de un monstruo, huya de mi presencia. ¿Qué engañoso y maligno espejo pudo hacerme comparar mis ojos con los de Hermia? Pero ¿quién hay aquí? ¡Lisandro! ¡En el suelo! ¿Está muerto o dormido? Pero no veo sangre ni herida. Lisandro, buen caballero, si estáis vivo, despertad.

LISANDRO.—(Despertando). Y por tu dulce amor me arrojaré al fuego. ¡Transparente Elena! La naturaleza en ti despliega su arte, pues a través de mi pecho me deja ver tu corazón. ¿En dónde está Demetrio? ¡Oh! ¡Cuán bien le estaría morir al filo de mi espada!

ELENA.—No digáis eso, Lisandro, no lo digáis. ¿Qué importa que él ame a Hermia? ¿Qué? A despecho de él, Hermia os ama. Debéis estar contento.



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