Sueño de una noche de verano
Sueño de una noche de verano HERMIA.—¡Vuestras frases apasionadas me dejan estupefacta! Yo no me burlo de vos. Antes me parece que vos os burláis de mÃ.
ELENA.—¿No habéis inducido a Lisandro a seguirme por burla y a alabar mis ojos y mi cara? ¿No habéis hecho que vuestro otro apasionado, Demetrio, que aun ahora mismo me ha rechazado con el pie, me llame diosa, ninfa divina, preciosa, celestial? ¿Por qué habla asà a una que aborrece? ¿Y por qué me niega Lisandro vuestro amor, tan rico en su alma, y me ofrece su afecto si no es porque le inducÃs a ello y obra con vuestro consentimiento? ¿Qué delito hay en que yo no tenga tantas gracias como vos ni sea tan afortunada en el amor, sino una infeliz que ama sin ser amada? DeberÃais compadecerme por esto, no despreciarme.
HERMIA.—No comprendo lo que queréis decir.
ELENA.—SÃ, perversidad; fingid tristes miradas y haceos señas cuando vuelvo la espalda; seguid en esta amable diversión que, bien sostenida, será materia de una crónica. Si fueseis capaz de alguna piedad o gentileza, no me tomarÃais por tema de vuestra irrisión. Pero adiós. Yo sola tengo la culpa, y pronto la remediaré con la ausencia o con la muerte.
LISANDRO.—Quedaos, gentil Elena, y oÃd mi excusa. ¡Hermosa Elena, amor mÃo, vida mÃa, alma mÃa!
ELENA.—¡Oh! Excelente.
HERMIA.—Amigo mÃo, no la burléis asÃ.