Sueño de una noche de verano
Sueño de una noche de verano LISANDRO.—El amor de Lisandro, que no podÃa separarse de la hermosa Elena, que embellece la noche más que el esplendor de todas las estrellas. ¿Por qué me buscas? ¿No basta el que te haya dejado para que conozcas el odio que siento por ti?
HERMIA.—Habláis lo que no pensáis. Eso no puede ser.
ELENA.—¡Ah! ¡También ella toma parte en la conspiración! Ahora veo que os habéis unido los tres para formar este desleal pasatiempo a despecho mÃo. ¡Oh tú, Hermia, injuriosa e ingrata doncella! ¿Has conspirado con éstos, urdiendo esta maligna broma para ofenderme? ¿Y has olvidado las cariñosas pláticas, los juramentos fraternales, las horas que hemos pasado juntas? ¿Lo has olvidado todo; la amistad de nuestra niñez, la compañÃa inocente de nuestra infancia? Siempre estuvimos unidas, juntas en el mismo asiento, ocupadas en la misma labor, entonando la misma canción como si nuestras mentes, nuestras manos, nuestras voces hubieran sido una sola. Asà crecimos como un doble fruto gemelo, que parece partido en dos y, sin embargo, no se puede separar. Éramos dos cuerpos en un solo corazón. ¿Y venÃs a romper todos estos lazos antiguos para juntaros a estos hombres y escarnecer a vuestra amiga? No; esto no es amistad ni es digno de una doncella. Nuestro sexo, tanto como yo misma, os censurará por ello, aunque sea yo sola quien sufra el agravio.