Sueño de una noche de verano

Sueño de una noche de verano

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LISANDRO.—Malo sois, Demetrio. No seáis así. Sabéis que conozco vuestro amor a Hermia, y aquí, con toda voluntad, con todo corazón, os cedo mi parte en su amor. Dadme la vuestra en el de Elena, a quien amo y amaré hasta la muerte.

ELENA.—Jamás gastaron tan mal sus palabras los burlones.

DEMETRIO.—Lisandro, quédate con tu Hermia. Si alguna vez la amé, ese amor se ha ido y no quiero nada de él. Mi corazón estuvo con ella sólo como un huésped pasajero, y ahora vuelve a su hogar, vuelve a Elena para quedarse aquí.

LISANDRO.—Elena, no es verdad.

DEMETRIO.—No desacredites la fe que no conoces, a menos que la compres caro a costa tuya. Ve ahí a tu amada que viene; ve ahí a la que adoras.

(Entra HERMIA).

HERMIA.—¡Oscura noche que quitas la vista a los ojos y aguzas el oído, dando a éste lo que quitas a aquéllos! Mis ojos no pudieron encontrarte, Lisandro, pero mi oído me hizo seguir tu voz. ¡Ah! ¿Por qué con tanta dureza me has dejado?

LISANDRO.—¿Y por qué se quedaría aquél a quien el amor llama a otra parte?

HERMIA.—¿Qué amor podría apartar a Lisandro de mi lado?


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