Sueño de una noche de verano
Sueño de una noche de verano DEMETRIO.—(Despertando). ¡Oh, Elena! ¡Diosa! ¡Ninfa perfecta y divina! ¿Con qué podré comparar tus ojos, amor mÃo? El cristal parecerÃa lodo. ¡Oh! ¡Qué tentadores se ostentan tus labios, como cerezas maduras para los besos! Cuando muestras tu mano parece oscura la nieve de Tauro congelada por el viento de Levante. ¡Oh, déjame besar esta princesa de la casta blancura, este sello de felicidad!
ELENA.—¡Oh despecho! ¡Oh infierno! Veo que estáis todos conjurados contra mà para vuestro pasatiempo. Si fuerais corteses, no me harÃais este agravio. ¿No basta que me aborrezcáis, como sé que lo hacéis, sino que además habéis de unir vuestras almas para burlaros de mÃ? Si fuerais hombres, como lo dice vuestra apariencia, no tratarÃais asà a una dama inofensiva; cortejando y jurando y ponderando mis cualidades, cuando sé que me odiáis de corazón. Ambos sois rivales en amar a Hermia, y ahora lo sois en escarnecer a Elena; gran hazaña y varonil empresa, arrancar con vuestras burlas las lágrimas de una pobre doncella. Ningún hombre que tuviera la menor nobleza ofenderÃa asà una virgen, atormentando la paciencia de su noble alma, para procurarse una diversión.