Sueño de una noche de verano

Sueño de una noche de verano

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EGEO.—Basta, basta, mi señor. Pido que caiga sobre su cabeza todo su rigor. Se habrían fugado, Demetrio, y así se habrían burlado de nosotros; de vos, en vuestra esposa; de mí, de mi consentimiento en que ella lo sea vuestra.

DEMETRIO.—Señor, la hermosa Elena me avisó de la fuga de ellos hasta el bosque, y yo, enfurecido los seguí; y Elena tuvo el capricho de seguirme también. No sé, señor, en verdad, por qué poder…, es indudable que medió en ello algún poder…, mi amor por Hermia se fundió como un copo de nieve, y me parece ahora como el recuerdo de un capricho ocioso acariciado en mi niñez; mientras que toda la fe, toda la virtud de mi corazón, el objeto y encanto de mis ojos es sólo Elena. A ella, señor, estaba prometido antes de haber visto a Hermia; y así como en una enfermedad, llegué a aborrecer este alimento; pero ahora, como quien recobra la salud, vuelvo a mi gusto natural; y la deseo, la amo, la espero con impaciencia y la seré para siempre fiel.

TESEO.—La buena suerte os ha reunido, hermosos amantes. Ya oiremos después algo más sobre esto. Egeo, quiero colmar con creces vuestros deseos; porque, en breve, junto a nosotros, estas parejas serán unidas eternamente en el templo. Y por estar ya algo avanzada la mañana, dejaremos vuestro proyecto de caza. Volvamos, pues, a Atenas. Tres parejas seremos para dar a la fiesta gran solemnidad. Venid, Hipólita.


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