Trabajos de amor perdidos

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REY.—«… En cuanto a Jaquineta (que tal se llama este vaso frágil, a quien he sorprendido con el arriba mencionado bribón), la retengo como recipiente de la cólera de tu ley, y a la menor indicación tuya la conduciré ante tu presencia. Tuyo, con todas las expresiones de afecto de un corazón adicto, y ardiendo en el deseo de cumplir con su deber. Don Adriano de Armado».

BEROWNE.—No está tan bien como yo esperaba; pero, aun así, es de lo mejor que he oído.

REY.—En efecto, de lo mejor de lo peor. Y tú, belitre, ¿qué respondes a eso?

COSTARD.—Señor, reconozco lo de la muchacha.

REY.—¿No te has enterado de la promulgación de nuestro edicto?

COSTARD.—Confieso haberme enterado; pero apenas paré atención en él.

REY.—Se ha impuesto la pena de un año de prisión a todo aquél que sea sorprendido con una moza.

COSTARD.—Yo no he sido sorprendido con una moza, señor, sino con una señorita.

REY.—Bien; el edicto dice: «una señorita».

COSTARD.—No era tampoco una señorita, señor; era una virgen.

REY.—También se halla eso especificado. En el edicto consta igualmente «una virgen».

COSTARD.—Si es así niego su virginidad. Fui sorprendido con una doncella.


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