Cuentos goticos
Cuentos goticos Estaba a punto de marcharse, pero Bosticchi se situó delante de la puerta, diciendo con un tono de voz cuyo gemido entremezclaba cólera y servilismo:
—¿En que he ofendido a este joven caballero? ¿Es que no me contaréis dicha ofensa?
—No te atrevas a frenarme —gritó Ricciardo, pasándose la mano por los ojos—, no me obligues a mirarlo otra vez… ¡Apártate!
Cincolo le detuvo.
—Sois demasiado apresurado y muy apasionado, mi noble invitado. No importa cómo os haya ofendido este hombre, sois demasiado violento.
—¡Violento! —exclamó Ricciardo, casi sofocado por una emoción apasionada—. Sí, desenvaina tu cuchillo y exhibe la sangre de Arrigo dei Elisei con la que está manchada.
Siguió un silencio mortal. Bosticchi se escabulló del cuarto; Ricciardo ocultó la cara entre las manos y lloró. Pero pronto calmó su ardor y dijo:
—En verdad que esto es infantil. Perdóname; ese hombre se ha ido; excusa y olvida mi violencia. Continúa con la partida, Cincolo, pero conclúyela deprisa, pues el tiempo se acaba… ¡Oíd! El campanario anuncia la primera hora de la noche.