Cuentos goticos

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Ricciardo le miró fugazmente y ocupó de nuevo su lugar junto a los jugadores. Poco había en Messer Beppe para provocar una opinión favorable. Era bajo, flaco y seco; tenía la cara alargada y arrugada; sus ojos estaban profundamente empotrados y tenían una expresión de desdén; los labios rectos, la nariz ganchuda y la cabeza cubierta por una gorra, el pelo muy corto. Se sentó cerca de Gegia y comenzó a hablar con voz gimoteante y servil, halagándola por su buen aspecto, soltando una andanada de lisonjas sobre la magnificencia de ciertas florentinas Güelfas, y concluyó declarando que estaba hambriento y cansado.

—¿Hambriento, Beppe? —preguntó Gegia—. Debiste mencionarlo primero, amigo. Cincolo, ¿quieres darle de comer a tu invitado? Cincolo, ¿estás sordo? ¿Eres ciego? ¿Es que no me oyes? ¿No quieres ver? Aquí está Messer Giuseppe de’Bosticchi.

Despacio, con los ojos aún clavados en el tablero, Cincolo hizo ademan de incorporarse. Sin embargo, el nombre del visitante pareció tener el efecto de la magia sobre Ricciardo.

—¡Bosticchi! —exclamó—, ¡Giuseppe Bosticchi! No esperaba encontrar a ese hombre bajo tu techo, Cincolo, a pesar de lo Güelfa que sea su esposa… pues también ella ha comido del pan de los Elisei. ¡Adiós! Me encontrarás en la calle de abajo; sígueme con presteza.


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