Cuentos goticos
Cuentos goticos —Dejo Florencia en dos horas —indicó Ricciardo—, y antes de irme, Messer Cincolo prometió llevarme a la Piazzii del Duomo.
—Sobra tiempo, mi buen joven —dijo Buzeccha, preparando las piezas—. Sólo pido una partida, y las que juego jamás duran más de un cuarto de hora. Después los dos os escoltaremos y podréis bailar una pieza con una hurà de ojos negros, a pesar de ser nazareno. Asà que no me tapéis la luz, buen joven, y cerrad la ventana y bajad un poco la lámpara para que no titile tanto.
Ricciardo pareció divertido por el tono autoritario del ajedrecista. Cerró la ventana y bajó la lámpara, apoyada contra la pared, que era la única luz de que disponÃan. Se plantó junto a la mesa a observar la partida. Monna Gegia habÃa quitado el caldero de la cena y se sentó con cierta incomodidad, como si estuviera molesta porque su invitado no hablara con ella. Cincolo y Buzeccha se hallaban intensamente concentrados en el juego cuando oyeron una llamada a la puerta. Cincolo iba a ponerse de pie para abrirla, pero Ricciardo le dijo:
—No te molestes.
Fue él, con el estilo de alguien que ennoblece incluso las tareas humildes que realiza, de modo que ningún acto resulta más humilde que otro.
—¡Ah, Messer Beppe! Es amable por tu parte venir esta noche de mayo.