Cuentos goticos

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—Creed que al situarme así en vuestro poder no temo ningún daño que podáis infligirme… de lo contrario no estaría aquí. No os temo, pues no temo a la muerte. Soltadme, y escuchadme. Vengo en nombre de esas virtudes que en una ocasión fueron vuestras; vengo en nombre de todos los sentimientos nobles, de la generosidad y la antigua fe; y confío que al escucharme vuestra naturaleza heroica apoyará a mi voz, y que Lostendardo ya no se unirá a aquellos a los que los buenos y grandes jamás mencionan, pero sí condenan.

Lostendardo pareció prestarle poca atención a lo que decía. La miró con gesto triunfal y maligno orgullo; y si aún la sujetaba, sus motivos parecían más bien deberse al deleite que experimentaba al exhibir su poder sobre ella que miedo o preocupación a que pudiera escapar. Se podía leer en la pálida mejilla de la joven y en sus ojos vidriosos que su plan la elevaba por encima del miedo mortal, y que se hallaba tan impasible como el mármol ante cualquier acontecimiento que no potenciara o pudiera dañar el propósito por el que había venido. Los dos guardaron silencio hasta que Lostendardo, indicándole un asiento, y quedándose de pie delante de ella con los brazos cruzados y las facciones dilatadas por el triunfo, con la voz aguda por la agitación, dijo:

—¡Bien, hablad! ¿Qué queréis de mí?


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