Cuentos goticos
Cuentos goticos Lostendardo se le acercó. Era un hombre en la flor de la vida, alto y atlético; parecÃa capaz de aplastar el frágil ser de Ricciardo con el mÃnimo esfiierzo. Cada facción de su semblante hablaba de lucha de pasiones, y del terrible egoÃsmo de alguien que incluso se sacrificarÃa a sà mismo para imponer su voluntad. TenÃa las cejas negras separadas, los ojos grises eran profundos y altivos, su aspecto al mismo tiempo severo y macilento. Daba la impresión de que jamás una sonrisa habÃa perturbado el desdén marcado que expresaban sus labios; la frente alta, que mostraba la calvicie incipiente de la cabeza, estaba surcada por mil arrugas contradictorias. La voz fue estudiadamente contenida cuando habló:
—¿De dónde traéis este anillo? —Ricciardo alzó la vista y le miró a los ojos, que lanzaron fuego al exclamar—: ¡Despina! ¡He rezado por esta noche y dÃa, y ya estáis aquÃ! —le cogió la mano con un apretón de gigante—. No, no luchéis, pues por mi salvación juro que jamás volveréis a escapar de mÃ.
Despina replicó con calma: