Cuentos goticos

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Cincolo, lanzando una mirada inquisitiva a su extraordinario compañero, obedeció la orden, mientras el joven se apoyó contra una de las columnas de la corte y alzó los ojos con pasión hacia el claro firmamento.

—¡Oh, estrellas! —exclamó con voz ahogada—. Sois eternas: ¡dejad que mi propósito y mi voluntad sean tan constantes como vosotras!

Luego, más sosegado, cruzó los brazos dentro de su capa, y con una fuerte lucha interior se esforzó por reprimir la emoción. Varios sirvientes se le acercaron y le pidieron que les siguiera. De nuevo miró al cielo y musitó: «Manfredo». Entonces, emprendió la marcha con pasos lentos pero decididos. Le condujeron a través de diversos salones y corredores a una gran estancia llena de tapices y bien iluminada, con muchas lámparas. El mármol del suelo reflejaba el resplandor, y el techo abovedado devolvía el ruido de las pisadas de alguien que recorría la cámara cuando Ricciardo entró. Era Lostendardo. Con una señal indicó a los sirvientes que se retiraran. La pesada puerta se cerró tras ellos y Ricciardo quedó solo con Messer Guielmo: con el semblante pálido pero compuesto, los ojos bajos a la expectativa, no por miedo; y, de no ser por el movimiento convulsivo de los labios, se habría pensado que cada facultad se hallaba casi suspendida por una intensa agitación.


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