Cuentos goticos
Cuentos goticos —Sí, fue en el Palagio Reale en Nápoles, el palacio de Manfredo. Entonces, vos erais su mejor amigo, seleccionado por ese elegido espécimen de humanidad para ser su confidente y consejero. ¿Por qué os convertisteis en un traidor? No os sobresaltéis ante esa palabra: si pudierais oír la voz unida de Italia, e incluso la de aquellos que se llaman vuestros amigos, ellos mismos repetirían ese nombre. ¿Por qué os degradasteis y defraudasteis de esa manera a vos mismo? Decís que yo soy la causa, pero soy inocente. Me visteis en la corte de vuestro señor, una doncella de la reina Sibila, y alguien que sin saberlo ya se había separado de su corazón, su alma, su voluntad, todo su ser, como sacrificio involuntario ante el altar de todo lo que es noble y divino en la naturaleza humana. Mi espíritu veneraba a Manfredo como un santo, y mis latidos cesaban cuando posaba sus ojos sobre mí. Eso sentía, pero sin saberlo. Vos me despertasteis de mi sueño. Dijisteis que me amabais, y reflejasteis en un espejo demasiado certero mis propias emociones; me vi allí y temblé. Pero la profunda y eterna naturaleza de mi pasión me salvó. Amaba a Manfredo. Amaba al sol porque le iluminaba; amaba el aire que le daba vida; me deifiqué porque mi corazón era el templo en el que él residía. Me dediqué a Sibila, pues ella era su esposa, y nunca en pensamiento o sueño degradé la pureza de mi amor por él. Y por eso vos le odiasteis. Él ignoraba la pasión que yo sentía: mi corazón la contenía como un tesoro que vos, al descubrir, saqueasteis. Os habría sido más fácil privarme de la vida que de mi devoción por vuestro rey y, por ello, os volvisteis un traidor.