Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Cuánto me malinterpretáis! ¿Y es que la alabanza y el amor de toda la excelencia heroica son un insulto para vos? Lostendardo, cuando me visteis por primera vez, yo era una joven inexperta: amaba, pero no sabÃa qué era el amor, y limitando mi pasión a estrechos terrenos, adoraba el ser de Manfredo como se puede amar a una efigie de piedra, que, una vez rota, carece de existencia. Pero he cambiado mucho. Puede que antes os tratara con desdén o cólera, pero en este momento esos mezquinos sentimientos han muerto en mi corazón. Sólo me anima uno: la aspiración a otra vida, otro estado de existencia. Todo lo bueno abandona esta extraña tierra, y no dudo de que cuando esté lo suficientemente elevada sobre las debilidades humanas también será mi turno de dejar este escenario de dolor. Y únicamente me preparo para ese momento. Al esforzarme por ser merecedora de una unión con todo lo valeroso, generoso y sabio que alguna vez adornara a la humanidad, habiendo dejado atrás a ésta, me consagro al servicio de esa causa tan justa. Por lo tanto, mal me hacéis si creéis que se debe al desdén en lo que digo o que cualquier sentimiento bajo está mezclado con mi devoción de espÃritu cuando vengo a situarme por propia voluntad en vuestro poder. Podéis encerrarme para siempre en las mazmorras de este palacio por Gibelina o espÃa, y hacer que me ejecuten como a un criminal. Pero antes de que lo hagáis, reflexionad por vuestro propio bien en la elección de gloria o ignominia que estáis a punto de realizar. Dejad que vuestros antiguos sentimientos de amor por la casa de Suabia influyan algo en vuestro corazón; pensad que asà como sois ahora el enemigo despreciado, podéis convertiros en el amigo Regido de su último descendiente y recibir de todos los corazones la alabanza de haber restaurado a Corradino a los honores y poder para los que nació.