Cuentos goticos

Cuentos goticos

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»No puedo decir por vuestra expresión si lo que he dicho os ha hecho cambiar algo vuestra determinación. No puedo olvidar las escenas que tuvieron lugar entre nosotros en Nápoles. Puede que entonces me mostrara desdeñosa: pero ahora no lo soy. Vuestra execración Manfredo provocó todos mis sentimientos iracundos; pero, como he dicho, todos, menos el sentimiento del amor, murieron en mi corazón con la muerte de Manfredo, y estoy convencida de que allí donde habite el amor su compañera ha de ser la excelencia. Habéis afirmado amarme; y, aunque en tiempos pasados amor fue el hermano gemelo del odio —entonces, pobre prisionero en vuestro corazón, sus amigos fueron los celos, la ira, el desprecio y la crueldad—, si fue amor, considero que su divinidad debió purificar vuestro corazón de sentimientos innobles; y, ahora que yo, la prometida de la Muerte, me encuentro fuera de vuestra esfera, quizá despierten en vuestro pecho sentimientos más bondadosos y os inclinéis con suavidad ante mi voz.

»Si de verdad me amasteis, ¿no seréis ahora mi amigo? ¿No debemos, mano con mano, seguir el mismo curso? Regresad a vuestra antigua fe, y ahora que la muerte y la religión han depositado el sello sobre el pasado, dejad que el espíritu de Manfredo, mirando desde arriba, contemple a su amigo arrepentido como el firme aliado de su sucesor, el mejor y último heredero de la casa de Suabia.


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