Cuentos goticos
Cuentos goticos Dejó de hablar, pues el destello de salvaje triunfo, como un fuego creciente en la noche, iluminó con ardiente y temeroso brillo la cara de Lostendardo, haciendo que se detuviera en su petición. No contestó; pero cuando ella guardó silencio, abandonó su inmovilidad, de pie frente a Despina, y recorriendo el salón con mesurados pasos, con la cabeza inclinada, dio la impresión de estar meditando en algo. ¿Es posible que se hallara sopesando las palabras de la joven? Si vacilaba, seguro que el lado de la generosidad y la vieja fidelidad prevalecerían. Sin embargo, no se atrevió a albergar esperanzas. El corazón le latía deprisa, y se habría arrodillado, pero temía moverse por si el mínimo gesto perturbaba los pensamientos de Lostendardo. Alzó la vista, se sentó y rezó en silencio. A pesar del resplandor de las lámparas, los rayos de una estrella pequeña entraron por una ventana oscura. Posó allí los ojos y sus pensamientos se vieron elevados al instante a la eternidad y al espacio que simbolizaba esa estrella, le parecía el espíritu de Manfredo, e interiormente la adoró mientras imploraba que derramara su influencia benigna sobre el alma de Lostendardo.
Transcurrieron varios minutos en ese ominoso silencio; luego, él se acercó.