Cuentos goticos
Cuentos goticos Apenas había dejado su puesto ante la puerta del palacio, cuando vio que se asomaban unas luces a manos de una compañía de hombres, algunos de los cuales iban armados, tal como demostraba el destello que proyectaban las puntas de las lanzas, mientras que otros cargaban con una litera que tenía unas cortinas negras cerradas. Cincolo se quedó clavado donde estaba. Ningún pensamiento racional podía justificar su creencia, pero quedó convencido de que allí iba el joven desconocido, transportado hacia su muerte. Impelido por la curiosidad y la ansiedad, siguió al grupo mientras se dirigía hacia la Porta Romana. Al llegar al umbral fueron detenidos por los centinelas, dieron la contraseña y les fue permitido el paso. Cincolo no se atrevió a seguirlos, aunque se sentía agitado por el miedo y la compasión. Recordó el paquete que se le había confiado y no tuvo valor de extraerlo del interior de la camisa por temor a que algún Güelfo se hallara cerca y viera que estaba dirigido a Corradino. No sabía leer, pero deseaba ver las armas del sello para comprobar si tenía alguna insignia imperial. Regresó al Palagio del Governo: allí todo era oscuridad y silencio. De nuevo se puso a caminar arriba y abajo de las puertas, observando las ventanas, pero no apareció ninguna señal de vida. No podía decir por qué se hallaba tan agitado, pero sentía como si toda su paz futura dependiera del destino del joven desconocido. Pensó en Gegia, en su indefensión y avanzada edad, pero no pudo resistir el impulso que le dominaba y decidió que aquella misma noche emprendería el viaje a Pisa para entregar el paquete y descubrir quién era el extraño y qué esperanzas podía albergar por su seguridad.