Cuentos goticos

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Cincolo esperó, primero con impaciencia, y después con ansiedad, el retorno del joven desconocido. Con paso inquieto recorrió de arriba abajo las puertas del palacio. Transcurrieron las horas, las estrellas se alzaron y descendieron, y los meteoritos surcaron el cielo. No resultaron más frecuentes de lo que suelen ser en una noche despejada de verano en Italia, pero a Cincolo le parecieron peculiarmente numerosos, heraldos de cambios y calamidades. Llegó la medianoche, y en ese momento pasó una procesión de monjes, transportando un cadáver y entonando un solemne De Profundis. Cincolo sintió que un frío temblor recorría sus extremidades al pensar en el augurio infortunado que representaba este suceso para el extraño aventurero al que había guiado hasta el palacio. Las sombrías capuchas de los monjes, sus voces apagadas y la oscura carga que llevaban aumentaron su agitación casi hasta el terror. Sin confesarse a sí mismo la cobardía, se sintió poseído por el miedo de ser incluido en el maligno destino que evidentemente le aguardaba a su compañero. Cincolo era un hombre valiente; a menudo había estado en la vanguardia de un asalto peligroso, pero los más valerosos entre nosotros sienten a veces que les falla el corazón ante el pavor a lo desconocido y el peligro predestinado. Entonces se vio invadido por el pánico. Con la vista siguió las luces menguantes de la procesión y escuchó con el fin de captar sus voces que se perdían: le temblaban las rodillas y la frente se le llenó de un sudor frío, hasta que, incapaz de resistir el impulso, comenzó a retirarse lentamente del Palacio de Gobierno y a abandonar el círculo mortal que parecía que iba a encerrarlo si se quedaba en aquel sitio.


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