Cuentos goticos
Cuentos goticos El 26 de octubre, Corradino y sus amigos fueron conducidos a morir en el mercado de Nápoles, junto al mar. Carlos se hallaba presente con toda su corte, y una inmensa multitud rodeaba al rey triunfante y a su adversario, más real, a punto de sufrir una muerte ignominiosa. La procesión fúnebre se acercó a su destino. Corradino, agitado, pero controlándose, era transportado en una carreta abierta. Detrás de él iba una litera con cortinas negras sin señal alguna que revelara quién la ocupaba. Le seguían el duque de Austria y diversas víctimas ilustres. La guardia que los conducía al cadalso estaba encabezada por Lostendardo. Un triunfo malicioso danzaba burlonamente en sus ojos, y cabalgaba cerca de la litera, mirando de vez en cuando a ésta, y luego a Corradino, con la lóbrega expresión de un espíritu maligno y atormentador. La procesión se detuvo al pie del patíbulo, y Corradino observó la centelleante luz que esporádicamente se alzaba desde el Vesubio y lanzaba su reflejo al mar. El sol aún no había salido, pero el halo de su proximidad iluminaba la bahía de Nápoles, sus montañas e islas. Las cimas de las lejanas colinas de Baiae refulgían con sus primeros rayos. «Para cuando esos rayos lleguen aquí y esos hombres proyecten sombras… príncipes y campesinos que me rodeáis, mi espíritu vivo carecerá de sombra», pensó Corradino. Luego posó los ojos en sus compañeros de destino, y por primera vez vio la silenciosa y oscura litera que marchaba con ellos. «Es mi ataúd», pensó al principio, pero en el acto recordó la desaparición de Despina. Intento acercarse de un salto, pero los guardias le detuvieron. Alzó la vista y su mirada se encontró con la de Lostendardo, quien le sonrió: una sonrisa terrible… pero el sentimiento religioso que antes le había sosegado de nuevo descendió sobre él, y pensó que tanto los sufrimientos de ella como los suyos propios acabarían pronto.