Cuentos goticos
Cuentos goticos Ya habían acabado. Y el silencio de la tumba pesa sobre estos sucesos, que tuvieron lugar desde que Cincolo observara cómo la sacaban de Florencia, hasta ese momento en que era conducida por su feroz enemigo a contemplar la muerte del sobrino de Manfredo. Debió de haber soportado mucho; pues, mientras Corradino avanzaba hacia el pie del cadalso y la litera era situada frente a éste y Lostendardo ordenó que se descorrieran las cortinas, la blanca mano que colgaba sin vida de un costado estaba delgada como una hoja de invierno, y su hermosa cara, sustentada por los densos rizos de su oscuro cabello, se veía hundida y de una palidez cenicienta, mientras el profundo azul de sus ojos se debatía a través de párpados cerrados. Aún lucía las ropas con las que se había presentado en la casa de Cincolo. Quizá su atormentador pensara que su disfraz de joven provocaría menos compasión que si una hermosa mujer era arrastrada de esa manera ante una escena tan antinatural.
Corradino se hallaba arrodillado y rezando cuando su cuerpo fue expuesto. La vio, ¡y descubrió que estaba muerta! Él mismo, a punto de sufrir, puro e inocente, una muerte ignominiosa, mientras su mezquino conquistador, en pompa y gloria, era espectador de su muerte, no sintió compasión por aquellos que se encontraban en la Paz eterna; su compasión pertenecía sólo a los vivos, y al incorporarse después de rezar su plegaria, exclamó: