Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Bertha juntó las manos… con los ojos aún clavados en mi silueta cada vez más próxima. Vi el enfrentamiento. Cuánto odié a la vieja bruja que frenaba los amables impulsos del suavizado corazón de mi Bertha. Hasta ahora, el respeto por su posición social me había hecho evitar el castillo de la anciana dama; en esta ocasión desdeñé tales consideraciones triviales. Estaba curado del amor y elevado por encima de todos los temores humanos. Aceleré el paso, y pronto llegué a la terraza. ¡Qué hermosa se veía Bertha! Sus ojos lanzaban llamas, las mejillas le brillaban con impaciencia y furia, estaba mil veces más encantadora y grácil que nunca… Yo ya no la amaba. ¡Oh, no! ¡La adoraba, la idolatraba!

Aquella mañana había sido hostigada con algo más que la vehemencia habitual para que consintiera en un matrimonio inmediato con mi rival. Se le reprochó el aliento que le había mostrado… y se la amenazó con echarla en desgracia y humillación. Ante esa amenaza, su orgulloso espíritu se sublevó; pero cuando recordó el desdén con que me había tratado y cómo, quizá, de esa manera había perdido a la única persona que ahora consideraba su único amigo, lloró con remordimiento y con furia. En ese momento aparecí yo.



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