Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Oh, Winzy! —exclamó—. Llévame a la cabaña de tu madre; rápido, deja que abandone los lujos odiados y la perfidia de esta noble morada… llévame a la pobreza y la felicidad.
La abracé con arrebato. La vieja dama estaba muda de ira, y comenzó a soltar imprecaciones cuando nos encontramos ya de camino hacia mi casa natal. Mi madre recibió a la hermosa fugitiva, que habÃa escapado de una jaula de oro en busca de la naturaleza y la libertad, con ternura y júbilo; mi padre, que la amaba, le dio una calurosa bienvenida. Fue un dÃa de gozo que no necesito la adición de la poción celestial del alquimista para sumirme en el deleite.
Poco después de aquel memorable dÃa, me convertà en el marido de Bertha. Dejé de ser el alumno de Cornelius, pero seguà siendo su amigo. Siempre sentà gratitud hacia él por haberme conseguido, aunque involuntariamente, esa espléndida pócima de un elixir divino, que, en vez de curarme del amor (¡triste cura!, solitario e infeliz remedio para males que parecen bendiciones al recuerdo), me habÃa inspirado valor y decisión, haciéndome ganar un inestimable tesoro en la persona de mi Bertha.