Cuentos goticos
Cuentos goticos A menudo recordaba maravillado ese periodo embriagador casi de trance. La bebida de Cornelius no había cumplido la misión para la que él afirmaba que había sido preparada, pero sus efectos eran más potentes y felices de lo que pueden expresar las palabras. Poco a poco habían pasado, aunque aún permanecían, y coloreaban la vida con tonalidades de esplendor. A menudo Bertha se preguntaba por mi ligereza de corazón y mi inusual júbilo, ya que antes yo había sido más bien de disposición seria, incluso triste. Me amaba más por mi temperamento vivaz, y nuestros días estuvieron en alas de la alegría.
Cinco años después fui llamado repentinamente al lecho del moribundo Cornelius. Me había mandado buscar, solicitando mi presencia inmediata. Le encontré tumbado en su camastro, debilitado hasta la muerte. La vida que aún le quedaba animaba sus penetrantes ojos, que estaban clavados en un frasco de cristal, lleno con un líquido rosado.
—¡Mira —dijo, con voz rota y remota— la vanidad de los deseos humanos! Por segunda vez mis esperanzas estaban a punto de verse coronadas, y por segunda vez fueron destruidas. Mira ese licor… ¿recuerdas que hace cinco años también lo preparé con el mismo éxito? Entonces, como ahora, mis sedientos labios esperaban probar el elixir de la inmortalidad… ¡tú me lo quitaste! Y ahora ya es demasiado tarde.