Cuentos goticos
Cuentos goticos Con incoherencia al principio hablé del enano y de sus crímenes, y le reproché a Juliet la admisión demasiado fácil de su amor. Creyó que deliraba, pero transcurrió algún tiempo antes de que pudiera convencerme de que el Guido cuya penitencia la había ganado de nuevo para mí era yo mismo; y mientras maldecía con amargura al enano monstruoso y bendecía el golpe bien dirigido que le había quitado la vida, me contuve súbitamente al oírla decir: «¡Amén!», sabiendo que aquel al que ella denigraba era mi propia persona. Un poco de reflexión me enseñó a guardar silencio, un poco de práctica me permitió hablar de aquella espantosa noche sin mucho tartamudeo. La herida que me había infligido era seria: pasó tiempo hasta que me recuperé, y mientras el benevolente y generoso Torella se sentaba a mi lado, hablando con la sabiduría que puede hacer que unos amigos se reconcilien, y mi hermosa Juliet revoloteaba cerca de mí, cuidándome y alegrándome con sus sonrisas, prosiguió el trabajo de mi cura corporal y reforma mental. Ciertamente, jamás recobré del todo mis fuerzas: desde entonces mis mejillas están más pálidas, mi persona un poco encorvada. A veces Juliet se aventura a comentar con amargura la maldad que provocó dicho cambio, pero yo la beso al instante y le digo que ha sido para bien. Soy un marido más cariñoso y leal, lo cual es verdad, y de no ser por aquella herida jamás habría podido hacerla mía.