Cuentos goticos
Cuentos goticos Pasó un año, y la condesa persistía todavía en su decisión. Al fin, Enrique, renuente a ejercitar su poder, y también deseoso de juzgar por sí mismo los motivos que llevaban a una mujer tan hermosa, joven y dotada con los favores de la fortuna, a desear encerrarse en un claustro, anunció su intención de visitar el castillo ahora que había transcurrido el periodo de luto, declarando que si no llevaba consigo la suficiente convicción para que ella cambiara sus planes, entregaría su consentimiento para la realización de los mismos.
Muchas horas tristes había pasado Constance, muchos días de lágrimas y muchas noches de continua desgracia. Había cerrado sus puertas a cualquier visitante y, al igual que Lady Olivia en la Noche de Epifanía, juró permanecer en soledad y en llanto. Señora de su destino, silenció con facilidad las súplicas y protestas de sus criados y alimentó su dolor como si fuera lo único que amara. Sin embargo, se trataba de un invitado demasiado punzante, amargo y abrasador como para ser bienvenido. De hecho, Constance, joven, ardiente y vivaz, luchó contra él, batalló y anheló desterrarlo; mas todo lo que en sí mismo era jubiloso o hermoso de cara al exterior, sólo servía para darle nuevos bríos, y la mejor manera de soportar el peso de su dolor era con paciencia, ya que entregándose a él la oprimía pero no la torturaba.