Cuentos goticos
Cuentos goticos Constance había salido del castillo para vagar por los terrenos vecinos. Distinguidas y amplias como eran las estancias de su morada, se sentía encerrada entre los muros, bajo las grecas de los techos, a el cielo claro, las tierras altas interminables y el anciano bosque con todos los recuerdos felices de su vida pasada, lo cual la invitaba a pasar horas y días bajo sus cúpulas herbosas. El movimiento y cambio, que no cesaban mientras el viento se agitaba entre las ramas, o el sol en su viaje por los cielos, que dejaba caer sus rayos entre las hojas, la calmaban y sacaban de ese sordo dolor que aprisionaba su corazón con un sufrimiento tan constante bajo el techo del castillo.
Había un lugar en el linde del parque arbolado, un rincón desde el cual podía ver el campo que se extendía más allá, pero que era denso y umbrío, un lugar del que había abjurado, pero hacia el que inconscientemente la llevaban siempre sus pasos, y donde ahora, una vez más, por vigésima vez aquel día, sin darse cuenta se encontraba. Se sentó sobre un montículo de hierbas y miró con melancolía las flores que ella misma había plantado para adornar aquel rincón verde: para ella el templo del recuerdo y del amor. Sostuvo la carta del rey, que representaba tantas desgracias. El abatimiento se aposentó en sus facciones, y su gentil corazón le preguntó al destino por qué, tan joven, desvalida y olvidada, debía luchar contra esta nueva forma de desdicha.