Cuentos goticos
Cuentos goticos —Razón suficiente para que me decida. No puede ser que una desdicha tan intensa more en un corazón y no se encuentre remedio. Había esperado ser la que trajera paz a nuestras casas; ¿acaso es bueno que yo soporte una corona de espinas? El Cielo me guiará. Mañana por la noche dormiré en el lecho de Santa Catalina, y si, como he oído, la santa se digna a conducir a sus devotos en sueños, ella me guiará. Así, con la convicción de que obro de acuerdo con los dictados del Cielo, me resignaré incluso a lo peor.
El rey se hallaba camino de Nantes desde París, y esa noche durmió en un castillo situado a unos pocos kilómetros de allí. Antes del amanecer, un joven caballero fue introducido en sus aposentos. Este exhibía un aspecto serio, si no triste, y a pesar de lo hermoso de sus facciones y cuerpo, parecía víctima del abatimiento y del cansancio. Permaneció en silencio en presencia de Enrique, quien, alerta y alegre, posó sus vivos ojos azules sobre su invitado, diciendo con suavidad:
—¿Así que la encontraste obstinada, Gaspar?
—La encontré decidida en nuestras mutuas desgracias. ¡Ay, mi señor, no es, creedme, el más pequeño de mis dolores que Constance sacrifique su felicidad, a la vez que aniquila la mía!
—¿Y crees que le dirá que no al gallardo caballero que nosotros le hemos presentado?