Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Salió a toda velocidad del cenador: con pasos rápidos recorrió la hierba y fue en busca del castillo. De nuevo en la reclusión de sus propias cámaras, se entregó al dolor que desgarraba su pecho como una tempestad, pues la de ella era la peor pena, que destroza gozos pasados, haciendo que el remordimiento se cebe en el recuerdo de la felicidad, uniendo el amor y la culpabilidad imaginada en una sociedad terrible, como la del tirano cuando ata un cuerpo vivo al de un cadáver. De pronto, un pensamiento recorrió su mente. Al principio lo rechazó como pueril y supersticioso, pero no se desvaneció. Llamó a su criada.

—Manon —dijo—, ¿dormiste alguna vez en el lecho de Santa Catalina?

Manon se persignó.

—¡Que el Cielo no lo quiera! Nadie lo hizo desde que yo nací, salvo dos personas: una cayó al Loire y se ahogó; la otra sólo echó un vistazo al estrecho lecho y regresó a su propio hogar sin decir una palabra. Es un lugar pavoroso, y si el devoto no ha llevado una vida piadosa y buena, ¡el dolor se apoderará de la hora en que apoye la cabeza sobre la piedra sagrada!

También Constance hizo la señal de la cruz.

—En cuanto a nuestras vidas, sólo por nuestro Señor y los santos benditos podemos esperar rectitud. ¡Mañana por la noche dormiré en ese lecho!

—¡Querida señora, el rey llega mañana!


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