Cuentos goticos
Cuentos goticos El rey arribó al palacio del obispo y asistió a misa en la catedral. Luego tuvo lugar una comida suntuosa, y fue por la tarde cuando el rey atravesó el pueblo que se extiende junto al Loire, en dirección, un poco arriba de Nantes, al lugar donde se hallaba situado el Castillo Villeneuve. La joven condesa le recibió en la puerta. Enrique buscó en vano la mejilla empalidecida por la desdicha, el abatido aire de desesperación que le habían dicho que vería. Sus mejillas estaban encendidas, sus modales animados, su voz firme.
«No le ama», pensó, «o su corazón ya ha consentido».
Se preparó una colación para el monarca; y, después de cierta vacilación que surgió por la alegría que desprendía el aspecto de la joven, mencionó el nombre de Gaspar. Constance se ruborizó en vez de ponerse pálida, y rápidamente contestó:
—Mañana, mi buen señor; sólo pido un descanso hasta mañana. Entonces todo se decidirá; mañana me juraré a Dios o…
Pareció confusa, y el rey, sorprendido y complacido, dijo:
—Entonces no odias al joven De Vaudemont; le perdonas la sangre enemiga que corre por sus venas.
—Se nos enseña que debemos perdonar, que debemos amar a nuestros enemigos —contestó la condesa con cierto nerviosismo.