Cuentos goticos
Cuentos goticos Manon se ruborizó, bajó la vista y titubeó. Pero Enrique no era ningún aprendiz en las artes de tentar a las damas de compañía para revelar el secreto de sus señoras. Ademas, Manon estaba asustada por el plan de la condesa, por el cual ésta aún se mostraba obstinadamente decidida, de modo que se mostró presta a traicionarlo. Dormir en el lecho de Santa Catalina, descansar en el estrecho reborde que colgaba sobre el profundo y veloz Loire, y si, como era lo más probable, la infortunada durmiente evitaba la caída a las aguas, tomar las perturbadas visiones que tal sueño inquieto podía producir para el dictado del Cielo, era una locura que el mismo Enrique apenas podía considerar a una mujer capaz de correr. Pero ¿podía Constance, cuya belleza era tan altamente intelectual y a quien él no había dejado de alabar por su fortaleza mental y talentos, estar atontada de manera tan extraña? ¿Y podía la pasión cambiarnos tanto como la muerte, nivelando incluso la aristocracia del alma, llevando al noble y al plebeyo, al sabio y al tonto a una misma servidumbre? Resultaba extraño; sin embargo, debía ser como ella deseaba. Que vacilara en su decisión significaba mucho, y era de esperar que Santa Catalina no jugara una parte nefasta. De lo contrario, un objetivo gobernado por un sueño podía ser influido por otros pensamientos conscientes. Debía conseguirse alguna seguridad para el peligro físico inminente.