Cuentos goticos
Cuentos goticos La mañana… ¿era la mañana la que luchaba entre las nubes? ¿Vendría alguna vez la mañana para despertarla? ¿Había dormido… y qué sueños de bienestar o pesar habían habitado su dormir? Gaspar se impacientó. Ordenó a sus remeros que se quedaran esperando y desembarcó de un salto, decidido a trepar hasta el reborde. En vano le advirtieron del peligro, de la imposibilidad de tal intento. Él se aferró a la cara rugosa de la colina y encontró apoyo para los pies allí donde no parecía haber ninguno. Ciertamente, la cuesta no era muy alta, y los peligros del lecho de Santa Catalina surgían de la posibilidad de que cualquiera que durmiera en un sitio tan estrecho caería a las aguas de abajo. Gaspar continuó afanándose en la ascensión empinada, y por fin alcanzó las raíces de un árbol que crecía cerca de la cima. Ayudado por las ramas, afirmó su posición en la misma extremidad del reborde, al lado de la almohada en que yacía la cabeza descubierta de su amada. Tenía las manos dobladas sobre el pecho; el cabello oscuro le caía alrededor del cuello y cubría sus mejillas; el rostro estaba sereno: allí se veía el sueño en toda su inocencia y desprotección; toda emoción más fuerte se había acallado y su pecho subía y bajaba en respiración regular. Podía ver latiendo su corazón, mientras le alzaba las hermosas manos que lo cruzaban. Ninguna estatua tallada en mármol, en monumental efigie, llegó a ser la mitad de hermosa; y en el interior de esa insuperable forma moraba un alma sincera, tierna, devota y afectuosa como jamás albergó un pecho humano.