Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Si hubieras pasado al atardecer sobre las plácidas olas que rompen bajo la roca almenada que llevaba el nombre de Mondolfo, habrías imaginado que toda la felicidad y bendición debían residir dentro de sus murallas que, así cobijadas en belleza, daban a un paisaje de superior hermosura. Pero, si por casualidad vieras a su señor salir del portal, te encogerías ante su ceño fruncido y te preguntarías qué podría marcar en su gastada mejilla el combate de las pasiones. Más agradable visión era contemplar a su gentil dama, esclava de su incontrolado temperamento, paciente sufridora de muchos males, que parecía a punto de entrar en el único reposo donde «cesa el gran ruido que mueven los impíos; allí es donde van a descansar los de las fuerzas cansadas». El príncipe Mondolfo había sido unido demasiado temprano en la vida a una princesa de la familia real de Sicilia, que murió al dar a luz a un hijo. Muchos años más tarde, después de un viaje a los estados italianos del norte, regresó a su castillo casado de nuevo. El acento de su esposa la declaraba florentina. La historia contaba que se había casado con ella por amor, y que luego la odió por ser un impedimento para sus ambiciosos planes. Ella lo soportó todo por amor a su único hijo, nacido para el odio de su padre; un niño de espíritu galante, valiente casi hasta el salvajismo. A medida que fue creciendo, contempló con ira el trato que su madre recibía por parte del altivo príncipe. Se atrevió a salir como su defensor, se atrevió a oponer su valor juvenil contra la furia de su padre, y el resultado fue natural: se convirtió en el objeto del odio de éste. Sufrió indignidades; se enseñó a los súbditos a desobedecerle, a los criados a desdeñarlo, a su propio hermano a despreciarlo como a alguien de sangre y nacimiento inferiores. Sin embargo, la sangre de Mondolfo corría por sus venas; y, aunque atemperada por el lado más gentil de Isabel, hervía ante la injusticia de la que era víctima. Mil veces desahogó su espíritu herido en quejas elocuentes a su madre. A medida que la salud de ella fue decayendo, alimentó el proyecto, en caso de que muriera, de huir del castillo paterno y convertirse en un errabundo, un soldado de fortuna. Ahora tenía trece años. La dama Isabel, con la agudeza de una madre, pronto descubrió su secreto, y en su lecho de muerte le hizo jurar no abandonar la protección de su padre hasta no haber cumplido los veinte años. Le sangró el corazón por la desgracia que previó que sería su suerte, mas vio con horror aún más grande el cuadro que su activa fantasía trazó de su hijo vagando a temprana edad, desesperado, solo y desvalido, sufriendo todos los extremos del hambre y la desesperanza, o, casi peor, cediendo a las tentaciones que en semejante situación le serían ofrecidas. Le sacó pues ese juramento y murió satisfecha al pensar que lo cumpliría. De todo el mundo, sólo ella conocía la valía de su Ludovico… sólo ella había penetrado bajo la dura superficie, familiarizándose con el rico cúmulo de virtud y sentimientos afectuosos que yacían como oro sin descubrir en su sensible corazón.


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