Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Fernando odiaba a su hijo. Desde su temprana niñez había experimentado el sentimiento de aversión, que, lejos de esforzarse por apagar, permitió que se enraizara profundamente, hasta que el acto más inocente de Ludovico se convirtió en un crimen, introduciendo un sistema de negación y resistencia que sacó a la superficie todos los aspectos siniestros que había en el carácter del joven y engendrando un activo espíritu de aborrecimiento en la mente del padre. Así creció Ludovico: odiado y odiando. Unidos por un sentimiento común, padre e hijo, señor y súbdito, opresor y oprimido, uno siempre dispuesto a ejercitar su poder para infligir daño, el otro continuamente alerta para resistir incluso la sombra de la tiranía. Después de la muerte de su madre, el carácter de Ludovico cambió mucho. La sonrisa que, como el sol, a menudo había iluminado su semblante, ya no brillaba más; la sospecha, irritabilidad y obstinada resolución parecían los amos de sus sentimientos. Provocaba a su padre a lo peor, lo soportaba, y sin poder huir debido a aquel juramento, alimentaba todos los sentimientos coléricos e incluso vengativos hasta que la copa de la ira pareció a punto de rebosar. Nadie le amaba, y al no amar a nadie todas sus buenas cualidades perecieron o quedaron dormidas como si nunca hubieran estado despiertas.



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