Cuentos goticos

Cuentos goticos

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La intención del padre era dedicar a su hijo a la Iglesia, y Ludovico llevó las ropas sacerdotales hasta los dieciséis años. Una vez pasada esa edad, hizo a un lado los hábitos y apareció enfundado como un caballero de días pasados y, en pocas palabras, le dijo a su padre que se negaba a acatar sus deseos, que se dedicaría a las armas y la aventura. Soportó todo lo que siguió a esta declaración —amenazas, encarcelamiento, incluso ignominia—, pero se mantuvo firme, y el soberbio Fernando se vio obligado a ceder su imponente voluntad a la voluntad más decidida de un mozalbete. Y entonces, por primera vez, mientras la furia parecía que iba a hacer explotar su corazón, experimentó al máximo el sentimiento del odio y expresó esta pasión: palabras de desprecio e ilimitado aborrecimiento cayeron sobre la cabeza de Ludovico. El joven replicó, y los testigos temieron que se produjera un enfrentamiento personal. En cierto momento, Fernando apoyó la mano sobre la espada, y el desarmado Ludovico se preparó, dispuesto a saltar y coger el brazo que podía levantarse contra él. Fernando vio y temió la salvaje ferocidad que exhibieron los ojos de su hijo. En los encuentros personales de esta clase, la victoria no descansa sobre el más fuerte, sino en el más temerario. Fernando no estaba preparado para apostar su propia vida, o incluso derramar la sangre de su hijo con su propia mano. Ludovico, al no ser el agresor y verse obligado a defenderse, era indiferente a las consecuencias de un ataque… resistiría hasta la muerte. Y ese arrojado sentimiento le daba una ventaja que su padre percibió y no pudo perdonar.


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