Cuentos goticos
Cuentos goticos Era invierno, y los placeres de la caza comenzaron. Cada mañana los cazadores se reunían para atacar a los jabalíes o a los ciervos que los perros podían encontrar en los reductos de los Apeninos. Éste era el único placer que Ludovico disfrutaba alguna vez. Durante esas persecuciones se sentía libre. Montado en un noble caballo que espoleaba al máximo de sus fuerzas, la sangre le bullía en las venas y sus ojos brillaban con júbilo mientras proyectaba su mirada de águila al cielo. Con una sonrisa de inefable desdén, dejó atrás a sus falsos amigos o abiertos atormentadores, ganando una solitaria ventaja en la cacería.
La planicie que se extendía al pie del Vesubio y sus vecinas colinas estaba desnuda por el invierno; la corriente bajaba impetuosa desde las lomas, y con ella se entremezclaban los ladridos de los perros y los gritos de los cazadores; el mar, oscuro bajo un cielo próximo, emitía un canto fúnebre mientras sus olas rompían en la playa; el Vesubio gemía pesadamente y las aves le contestaban con sus graznidos; un siroco fuerte flotaba en el aire, haciéndolo húmedo y frío. El viento parece estimular y deprimir la mente humana: la estimula a pensar, pero colorea esos pensamientos, al igual que el cielo, de negro. Ludovico lo experimentó, pero intentó superar los sentimientos naturales con que el aire poco amistoso los llenó.