Cuentos goticos
Cuentos goticos Fernando se abstuvo durante mucho tiempo de hacer alusión alguna a la relación que tenÃa su hijo, pero una noche, durante un banquete, la alegrÃa superó su cautela… una alegrÃa que siempre le llevaba a jugar con los sentimientos de su hijo y a provocar un dolor que pudiera reprimir la sonrisa que su nuevo estado mental habÃa eliminado de las frecuentes visitas que éste hacÃa antes a su semblante.
—¡Esto —gritó Fernando mientras llenaba una copa—, esto, Ludovico, es a la salud de tu violetera! —y concluyó su alocución con una alusión indecorosa que sonrojó las mejillas de Ludovico. Sin contestar, se levantó para marcharse—. ¿Adónde vas, señor mÃo? —preguntó su padre—. Coge tu copa para contestar a mi brindis, pues, ¡por Baco!, nadie que se siente a mi mesa cometerá la descortesÃa de pasarlo por alto.
Ludovico, aún de pie, llenó su copa y la levantó al tiempo que iba a hablar y devolver las palabras de su padre, pero el recuerdo de éstas y la inocencia de Viola le invadió y llenó su corazón casi hasta hacerlo estallar. Dejó la copa, empujó a las personas que quisieron detenerle, abandonó el castillo, y pronto dejó de oÃr las risas de los presentes en el banquete, aunque habÃan reverberado con fuerza en los altos salones. Las palabras de Fernando habÃan despertado un espÃritu extraño en Ludovico.
—¡Viola! ¿Puede amarme? ¿La amo yo?