Cuentos goticos
Cuentos goticos Esta última pregunta pronto fue contestada. La pasión, despertada súbitamente, hizo que cada arteria cosquilleara con su estimulante presencia. Le ardieron las mejillas y su corazón bailó con peculiar exultación mientras se dirigía deprisa a la cabaña, sin prestarle atención a nada salvo al universo de sensaciones que moraba en su interior. Llegó hasta la puerta. Desnudas y oscuras se alzaban las paredes ante él, y las ramas del bosque se agitaban y suspiraban sobre su cabeza. Hasta ahora sólo había experimentado impaciencia, la enfermedad del miedo… miedo de encontrar una respuesta fría al sentimiento de pasión que en ese instante inundaba su corazón. Así, apartándose un poco de la cabaña, se sentó sobre un tronco y ocultó la cara en las manos, mientras unas lágrimas apasionadas caían de sus ojos y se deslizaban entre sus dedos. Viola abrió la puerta; Ludovico no había aparecido en su visita diaria, y se sentía desdichada. Miró al cielo: el sol se había puesto y Héspero brillaba en el oeste; las oscuras encinas proyectaban una densa sombra, rota por innumerables luciérnagas que ahora volaban casi sobre el suelo, mostrando las flores mientras dormían y se cerraban para la noche, y su luz se vio reflejada por las resplandecientes hojas de las encinas y el laurel. Los ojos errantes de Viola eligieron una al azar y la siguieron en su vuelo, que de cuando en cuando hacía a un lado el velo de oscuridad y derramaba una amplia palidez sobre su propia forma. Al fin se posó en un racimo de hojas verdes de laurel y allí permaneció, lanzando su hermosa luz, que penetraba entre las ramas y daba la impresión de que la estrella más brillante del firmamento hubiera descendido de su curso y, temblando ante su propia temeridad, quedara jadeante en ese lugar terrenal. Ludovico se hallaba cerca del laurel… Viola le vio y su respiración se tornó rápida. En silencio, se le acercó y le miró con tal éxtasis aturdido que sintió, no, casi oyó, cómo le latía el corazón con la emoción. Entonces se decidió a hablar… pronunció su nombre, y él alzó la vista a su gentil rostro, a sus resplandecientes ojos y su silueta de sílfide, mientras se inclinaba sobre él. Olvidó sus temores, y sus esperanzas pronto se vieron confirmadas. Por primera vez besó los temblorosos labios de Viola, y luego se apartó para meditar con embeleso y admiración acerca de todo lo que había tenido lugar.