Cuentos goticos
Cuentos goticos Ludovico siempre actuaba con energía y presteza. Regresó sólo para planear con Viola cuándo podían ser unidos. Eligieron una pequeña capilla en los Apeninos, apartada y desconocida, y consiguieron con facilidad la presencia de un sacerdote de un convento próximo que no se resistió a ofrecer su silencio. Ludovico condujo a su prometida de regreso a la cabaña en el bosque. Ella siguió viviendo allí; por nada del mundo él haría que cambiara de morada. Gastó todos sus bienes en decorarla, aunque sólo alcanzaron para hacer que resultara tolerable. Pero eran felices. Para su esposo, el pequeño círculo de tierra que contenía a su Viola era el universo. Su corazón e imaginación lo ampliaron y llenaron hasta que albergó todo lo bello y fue habitado por todo lo magnífico que este mundo contiene. Ella cantó para él; él escuchó, y las notas construyeron a su alrededor un cenador de delicias. Pisaba la superficie del paraíso, y sus vientos alimentaron su mente hasta la intoxicación. Los habitantes de Mondolfo no pudieron reconocer al altivo y resentido Ludovico en el benigno y gentil esposo de Viola. Las provocaciones de su padre fueron ignoradas, pues no las oía. Ya no caminaba por la tierra, como un ángel, sostenido en las alas del amor: la sobrevolaba, de forma que no sentía sus desigualdades ni era tocado por sus ofensivos obstáculos. Y Viola, con profunda gratitud y apasionada ternura, le devolvió su amor. Sólo pensaba en él, vivía para él, y con inagotable atención mantenía vivo en su mente el primer sueño de la pasión.