Cuentos goticos
Cuentos goticos El fugaz sentimiento de suspicacia cruzó por la mente de Ludovico, y sospechó que su padre le tendía una trampa con algún propósito maligno. Dos años antes habría actuado de acuerdo con ese pensamiento, pero la costumbre de la felicidad le volvió crédulo. Hizo una suave reverencia.
—Ludovico —continuó su padre, mientras el orgullo y el deseo de la reconciliación perturbaban su mente e incluso su semblante—, hijo mío, te he tratado con dureza, pero ese tiempo ya ha pasado.
—Padre mío —replicó Ludovico con gentileza—, no merecí tu maltrato; espero merecer tu amabilidad cuando sé…
—Sí, sí —interrumpió Fernando con incomodidad—, no lo entiendes… deseas saber por qué… resumiendo, tú, Ludovico, eres ahora mi única esperanza. Olympio está muerto… la casa de Mondolfo carece de soporte, salvo por ti…
—Perdóname —dijo el joven—. Pero Mondolfo no se encuentra en peligro; tú, mi señor, eres plenamente capaz de mantener e incluso de aumentar su dignidad.
—No lo entiendes. Mondolfo carece de soporte, salvo por ti. Yo soy viejo, siento mi edad, y este cabello gris me lo grita sin sutilezas. No existe ninguna rama colateral, y mi esperanza ha de recaer en tus hijos…
—¡Mis hijos, mi señor! —exclamó Ludovico—. Sólo tengo uno, y si el pobre y pequeño niño…