Cuentos goticos
Cuentos goticos —¿Qué locura es ésta? —gritó Fernando con impaciencia—. Hablo de tu matrimonio y no…
—Mi señor, mi esposa siempre está dispuesta a rendirte sus obedientes respetos…
—¡Tu esposa, Ludovico! Hablas sin pensar. ¿Cómo? ¿Quién?
—La muchacha de las violetas, mi señor.
Una tempestad habÃa cruzado por el semblante de Fernando. Que su hijo, sin saberlo él, hubiera establecido esa despreciable alianza, convulsionó cada fibra de su cuerpo, y el fruncimiento del ceño y el gesto impaciente expresaron la intolerable angustia de semejante pensamiento. Las últimas palabras de Ludovico le devolvieron la compostura. No era a su esposa a la que asà nombraba… tenÃa la certeza de que no lo era. Sonrió con cierta lobreguez, aunque fue una sonrisa de satisfacción.
—Si —comentó—, lo comprendo, pero provocas mi paciencia… no deberÃas jugar con ese tema o conmigo. Hablo de tu matrimonio. Ahora que Olympio ha muerto, y que tú eres el heredero de Mondolfo, puedes concluir la ventajosa, no, principesca, alianza que estaba preparando para él.