Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Fernando abandonó la cabaña, que pronto se vio invadida por hombres, uno de los cuales arrojó una capa sobre Viola y su hijo, los sacó a rastras de la casa y los depositó en una especie de litera, momento en el que la cabalgata emprendió la marcha en silencio. Viola había emitido un grito al ver a sus enemigos, pero, conociendo su poder y su propia impotencia, ahogó todo sonido ulterior. Cuando se encontró en la litera, en vano se afanó por desembarazarse de la capa que la cubría y acallar al niño, que lanzaba penetrantes chillidos asustado por esta extraña situación. Al final se quedó dormido, y Viola, ciega y temerosa, sin nada que sustentara su ánimo o esperanza, sintió que su valor se desvanecía. Largo rato lloró con desesperación y desconsuelo. Pensó en Ludovico y en el dolor que sentiría, y las lágrimas le cayeron con renovado brío. No había esperanzas, pues el enemigo era despiadado. Le quitarían a su hijo y el convento sería su prisión. Ésas eran las imágenes que constantemente se le aparecían. Minaron su coraje y la llenaron de terror y desesperanza.

El grupo entró en el pueblo de Salerno, y el rugido del mar anunció a la pobre Viola que se hallaban ya en sus orillas.

—¡Oh, amargas olas! —gritó—. ¡Mis lágrimas son tan saladas como vosotras y pronto se entremezclarán!


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