Cuentos goticos
Cuentos goticos —Me encuentro sola, y soy débil; vos sois fuerte y contáis con una cuadrilla de miserables que esperan vuestra orden para ejecutar los crÃmenes que vuestra imaginación dicte. No me importa Mondolfo, ni el tÃtulo, ni la posesión de riquezas, pero jamás, ¡oh!, jamás, renunciaré a mi Ludovico… nunca haré nada por romper nuestra jurada fe. Arrancada de su lado, le buscaré por todo el mundo, aunque vaya descalza y me muera de hambre. Es mÃo gracias a ese amor que ha tenido el placer de concebir hacia mÃ; yo soy suya por el sentimiento de devoción y unión eterna que ahora anima mi voz. Intentad separarnos, pero volveremos a reunirnos, y, a menos que levantéis una tumba entre nosotros, no podréis conseguirlo.
Fernando exhibió una sonrisa de desprecio.
—Y ese niño —dijo, señalando al pequeño—, ¿le conducirás, cordero inocente, como sacrificio al altar de vuestro amor y serás tú misma quien clave el cuchillo en el corazón de la vÃctima?
De nuevo los labios de Viola empalidecieron mientras aferraba al niño, y casi con voz inaudible exclamó:
—¡Hay un Dios en el cielo!