Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Su hijo pasó el tiempo durmiendo y jugando. El océano todavía rugía, y las oscuras nubes empujadas por el viento ennegrecieron el cielo y aceleraron la inminente noche. Transcurrieron las horas. No oyó la campanada de ningún reloj, ni había nada con que marcar el paso del tiempo, pero, poco a poco, la estancia se oscureció, y al fin sonó el Ave María, que oyó esporádicamente entre el viento aullante y el romper de las olas. Se arrodilló y rezó una ferviente plegaria a la Madonna, protectora de la inocencia, por ella y su hijo, no menos inocentes que la Madre y el Niño Divino, a quienes dirigió su plegaria. Se acercó a la ventana y prestó atención al sonido de cualquier ser humano, pero los sonidos llegaban lejanos e intermitentes, muriendo en la lejanía. Con la oscuridad vino la lluvia, que caía a cántaros, acompañada de truenos y rayos que impulsaron a toda criatura viviente a buscar refugio. Viola sintió un escalofrío. ¿Podría exponer a su hijo a las inclemencias de esa noche? Una vez más hizo acopio de valor. Pensó en una manera de conseguir que la capa pudiera proteger al niño una vez que hubiera servido para el descenso. Se acercó a los barrotes y descubrió que podía pasar aunque con cierta dificultad. Miró hacia abajo y el resplandor de un relámpago iluminó el suelo a poca distancia. De nuevo se encomendó a la protección divina; de nuevo invocó y bendijo a Ludovico. Luego, asustada pero decidida a todo, comenzó los preparativos. Sujetó la capa con su largo pañuelo, que colgaba hasta el suelo, y luego la ató con un nudo corredizo que se deshacía al tirar de él. Cogió al niño en brazos, pasó entre los barrotes, lo envolvió con la faja a su cintura y, después, sin accidente alguno, llegó al suelo. Una vez hubo recuperado la capa, envolviéndose ella y su hijo en sus oscuros y amplios pliegues, se detuvo expectante a escuchar. La naturaleza estaba despierta con su voz más sonora: el mar rugía y los incesantes destellos de luz que indicaban la soledad que la rodeaba eran seguidos por unos estruendos tan ensordecedores que casi le aterraron. Atravesó el campo y mantuvo la visión de la espuma blanca a su derecha, sabiendo que así avanzaba en dirección opuesta a Mondolfo. Caminó a la velocidad que su carga le permitió, sin apartarse del camino, pues la oscuridad le hacía temer salir del camino marcado. La lluvia cesó y ella siguió caminando, hasta que, con las piernas a punto de ceder, se vio obligada a descansar y recuperar fuerzas con el pan que había traído consigo de la prisión. La acción y el éxito la habían imbuido de una energía inusual. Nada temía… se creía libre y a salvo. Lloró, pero se trataba de una emoción desbordada que no encontró otra forma de expresión. No dudaba de que volvería a reunirse con Ludovico. Sentada en la oscura noche —habiendo sido durante horas el juguete de los elementos, que ahora, por un instante, detuvieron su furia, rodeada por una región grande, temible y desconocida, con el desvalido niño en los brazos y agotada la única comida que poseía— experimentó en su corazón triunfo, y alegría, y amor, profético de un futuro reencuentro con su amado.


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