Cuentos goticos
Cuentos goticos La primera persona a la que vio el prÃncipe fue al jefe de la compañÃa que tenÃa a su cargo a Viola. Éste le contó inmediatamente la historia: el viento desfavorable, el encarcelamiento en un cuarto fuerte, la incomprensible huida de la joven y los posteriores esfuerzos por encontrarla. Fernando escuchó como en un trance. Convencido de la veracidad de la historia, no acertó a ver ninguna pista que le guiara… ninguna esperanza de recuperar a su prisionera. Se encolerizó, pero en el acto se esforzó por suprimir la inútil pasión que iba en aumento. Abrumó al portador de dichas noticias con maldiciones y envió grupos de hombres en todas direcciones, a los que prometió una gran recompensa y exigió el máximo secreto. Luego, una vez solo, recorrió a grandes zancadas la estancia, dominado por la furia y la desesperación. Su soledad duró poco. Ludovico entró bruscamente en el cuarto, con el semblante iluminado por la ira.
—¡Asesino! —gritó—. ¿Dónde está mi Viola? —Fernando permaneció sin habla—. ¡Contesta! —exigió Ludovico—. Responde con esos labios que pronunciaron su sentencia de muerte… o alza contra mà esa mano de la que todavÃa no se ha lavado la sangre de ella. ¡Oh, mi Viola! ¡Tú y mi ángel-niño posaos con toda vuestra dulzura en mi corazón para que esta mano no escriba parricidio en mi frente!
Fernando intentó hablar.