Cuentos goticos
Cuentos goticos Ludovico y Viola, demasiado felices para sentir la tierra por la que caminaban, regresaron a su pequeña cabaña, que les era más querida que cualquier palacio, casi sin creer en el júbilo que sentían. Lloraron por turnos, y se miraron mutuamente y observaron a su hijo, cogiéndose las manos como si asieran la realidad y temieran que ésta fuera a desvanecerse.
El príncipe de Mondolfo recibió noticias de su retorno. Había sufrido mucho por miedo a perder a su hijo. El pavor de encontrarse sin descendientes, sin heredero, le había domesticado. Temió la censura del mundo, su soberano desagrado… quizá una acusación y castigo peores. Se entregó a su destino. Sin atreverse a aparecer ante la que iba a ser su víctima, envió a su confesor a mediar su perdón y a suplicarles que establecieran su morada en Mondolfo. Al principio hicieron poco caso a esas ofertas. Amaban su cabaña y sentían poca inclinación por arriesgar su felicidad y libertad por un lujo inútil. El príncipe, con paciencia y perseverancia, los convenció por fin. El tiempo había suavizado los recuerdos; le rindieron el respeto de los hijos, y lo quisieron y honraron en su vejez. Mientras acariciaba a su hermoso nieto, no se arrepintió de que la joven de las violetas fuera la madre del heredero de Mondolfo.