Cuentos goticos
Cuentos goticos ¡Tomó la resolución de morir! En aquellos días de simple fe católica, el suicidio se contemplaba con horror. Pero había otros medios casi tan seguros. Iría como peregrino a Tierra Santa, y lucharía y moriría bajo los muros de Jerusalén. Temerario y enérgico, apenas había ideado su meta cuando se apresuró a llevarla a cabo. Se procuró unas prendas de peregrino en Salerno, y a medianoche, sin contarle a nadie sus intenciones, dejó la ciudad y marchó hacia el sur. Su corazón se vio inflamado por la alternancia de la ira y el dolor. Finalmente, la ira murió. Ella, cuyo asesino él odiaba, era un ángel en el Cielo que ahora le miraba desde arriba, y en Tierra Santa ganaría el derecho para unirse a ella. El pesar le nubló los ojos. El gran teatro del mundo se cerró ante él: de todas sus trampas sólo su capa de peregrino era magnífica, el báculo de peregrino el único cetro. Eran los símbolos del poder que poseía más allá de la tierra, y los juramentos de su unión con Viola. Dirigió sus pasos hacia Brundusium. Caminó rápido, como si sintiera todo el espacio y el tiempo que se interponían entre él y su objetivo. El amanecer despertó a la tierra y él prosiguió con su marcha. El sol del mediodía lanzó sus rayos sobre él, pero su caminata no se vio interrumpida. Entró en un bosque de pinos, siguió el sendero de los rebaños y oyó los murmullos de una fuente. Oprimido por la sed, se apresuró hacia allí. El agua manaba de un pozo en el terreno y llenaba una cuenca natural; las flores crecían en sus orillas y no se veían reflejadas en las aguas, ya que la corriente no se detenía en su remolinear, y proyectaba su superabundancia en un pequeño arroyo que, danzando sobre piedras y brillando bajo el sol, seguía su camino hacia su eternidad: el mar. Los árboles habían retrocedido de la montaña y formaban un círculo a su alrededor; la hierba era verde y fresca, salpicada de flores estivales. En un extremo había un estanque silencioso que formaba un extraño contraste con la fuente que, siempre en movimiento, no mostraba forma alguna y sólo reflejaba los colores que la circundaban. El estanque reflejaba la escena con mayor nitidez y belleza que la existencia real. Los árboles se alzaban claros, agrupados y trazados por la mano de un artista divino. Ludovico bebió de la fuente y se acercó al estanque. Medio maravillado, observó la escena esbozada allí. En ese momento un pájaro aleteó por el aire y su figura, plumas y movimientos fueron reflejados en las aguas. Un burro emergió de entre los árboles, donde en vano buscó hierba, y tuvo que ir a pastar cerca de las aguas. Ludovico lo vio allí retratado; luego miró al animal de carne y hueso, que casi parecía menos real, menos vivo que su semblante en la corriente. Había alguien tumbado bajo los árboles de los que había salido el burro, y dormía cubierto con una capa. Ludovico echó un vistazo despreocupado… al principio apenas supo por qué su curiosidad se había despertado; después, un pensamiento inquieto, que consideró locura, aunque decidió complacer, le hizo avanzar. A toda velocidad se aproximó a la figura durmiente, se arrodilló e hizo a un lado la capa. Entonces vio a Viola, con el niño en brazos. Un cálido aliento salía de sus labios abiertos, y sus ojos llenos de amor parecían casi visibles bajo los párpados transparentes, que no tardó en abrir.